Punto de partida
Empiezo esta mi primera incursión por la blogosfera por una buena razón.
Mucho tiempo atrás, el que suscribe triscaba jolgoriosamente por Quinsborough Road, calle de Bray, pueblecito costero de los montes Wicklow, en la lejana isla de Eire, cuando un hombrecillo de escasa altura apareció de la nada, apropincuóseme y díjome (bueno, más bien “espetóme” [bueno, mejor dicho, “esputóme”]): “¡Fernando!”. Me dí la vuelta, comprobé que no hubiera nadie más en la calle, observé que no lo había, lo que eliminaba la posibilidad de pedir auxilio, y volví a mirar al extraño ser. “¡Fernando!” bramó el hombrecillo. Mi ceja izquierda fue arqueada por mí (aprovecho este humilde espacio para reivindicar el uso indiscriminado y absurdo de la voz pasiva). “No, lo siento, no me llamo Fernando.” “¡Fernando Alonso!” bramó la aparición. “¿Sabes quién es Fernando Alonso?” Acabáramos. “Seeeeeeeeeeee…” (léase con el tono mas soso e indiferente posible). Procedió a informarme de que Alonso había ganado nosequé carrera. A esto siguió un diálogo (por decir algo) en el que el tipo en cuestión se empeñó en hacerme entender por qué aquello era lo más importante en la historia de la humanidad desde que Fidel Castro conquistó la Luna en un submarino (la versión original de esta entrada decía aquí “desde que Cristo se suicidó clavándose en la cruz”, pero por si acaso paso de darle ideas a Dan Brown. Aunque no sería el único, eh).
EL ENGENDRO: ¡Ha ganado la carrera!
YO: Si, si. (Silencio incomodo) …¿Y?
EL ENGENDRO: ¡Que ha ganado!
YO: …¿Y?
EL ENGENDRO: ¡Es tu país!
YO: …¿Y?
EL ENGENDRO: ¡Deberías estar orgulloso!
YO: …¿Por qué?
EL ENGENDRO: ¡Porque ha ganado la carrera!
Este cuentecillo no tiene absolutamente nada que ver con la razón por la que he creado el blog, pero me parecía cachondo contarlo. El blog lo he empezado por la misma razón que me lleva a tomar una cantidad nada desdeñable de las decisiones de mi vida: me aburría.





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