La conjura de los necios

Hoy es el día del libro, por lo que me he comprado “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago. Es lo primero que leo suyo, a ver qué tal.

Pero hoy quiero hablar de otro de mis libros-tótem: La Conjura de los necios, de John K. Toole.

 

 

 

Toole escribió esta novela a principios de los 60, pero no consiguió que se la publicaran.

En 1969 se suicidó, por diversas vicisitudes (creerse un escritor frustrado, tener una madre muy posesiva, etc…).

Esto es lo que pasó después, tal y como aparece en el prólogo del libro:

 

 

Quizás el mejor modo de presentar esta novela (que en una tercera lectura me asombra aún más que en la primera) sea explicar mi primer contacto con ella. En 1976, yo daba clases en Loyola y, un buen día, empecé a recibir llamadas telefónicas de una señora desconocida. Lo que me proponía esta señora era absurdo. No se trataba de que ella hubiera escrito un par de capítulos de una novela y quisiera asistir a mis clases. Quería que yo leyera una novela que había escrito su hijo (ya muerto) a principios de la década de 1960. ¿Y por qué iba a querer yo hacer tal cosa?, le pregunté. Porque es una gran novela, me contestó ella.

 

Con los años, he llegado a ser muy hábil en lo de eludir hacer cosas que no deseo hacer. Y algo que evidentemente no deseaba era tratar con la madre de un novelista muerto; y menos aún leer aquel manuscrito, grande, según ella, y que resultó ser una copia a papel carbón, apenas legible.

 

Pero la señora fue tenaz; y, bueno, un buen día se presentó en mi despacho y me entregó el voluminoso manuscrito. Así, pues, no tenía salida; sólo quedaba una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Normalmente, puedo hacer precisamente esto. En realidad, suele bastar con el primer párrafo. Mi único temor era que esta novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo.

 

En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena. Resistiré la tentación de explicar al lector cuál fue lo primero que me dejó boquiabierto, qué me hizo sonreír, reír a carcajadas, mover la cabeza asombrado. Es mejor que el lector lo descubra por sí mismo.

 

He aquí a Ignatius Reilly, sin progenitor en ninguna literatura que yo conozca (un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno), en violenta rebeldía contra toda la edad moderna, tumbado en la cama con su camisón de franela, en el dormitorio de su hogar de la Calle Constantinopla de Nueva Orleans, llenando cuadernos y cuadernos de vituperios entre gigantescos accesos de flato y eructos.

 

Su madre opina que necesita salir a trabajar. Lo hace y desempeña una serie de trabajos, cada uno de los cuales se convierte en seguida en una aventura disparatada, en un desastre total; sin embargo, todos estos casos, tal como sucede con Don Quijote, poseen una extraña lógica propia.

 

Su novia, Myrna Minkoff, del Bronx, cree que lo que Ignatius necesita es sexo. Las relaciones de Myrna e Ignatius no se parecen a ninguna historia «chico-encuentra-chica» que yo conozca.

 

Otro aspecto a destacar en la novela de Toole es el reflejo de las particularidades de Nueva Orleans, sus callejuelas, sus barrios apartados, sus peculiaridades lingüísticas, sus blancos étnicos… y un negro con el que Toole logra casi lo imposible, un soberbio personaje cómico, de gran talento y habilidad, sin el menor rastro de caricatura racista.

No obstante, el mayor logro de Toole es el propio Ignatius Reilly, intelectual, ideólogo, gorrón, holgazán, glotón, que debería repugnar al lector por sus gargantuescos banquetes, su retumbante desprecio y su guerra individual contra todo el mundo: Freud, los homosexuales, los heterosexuales, los protestantes y todas las abominaciones de los tiempos modernos. Imaginemos a un Tomás de Aquino trastornado en una Nueva Orleans desde donde hace una disparatada correría cruzando los pantanos hasta la universidad estatal de Louisiana, a Baton Rouge, donde le roban la chaqueta de maderero mientras está sentado en el retrete de caballeros de la facultad, abrumado por elefantíacos problemas gastrointestinales. A Ignatius se. le cierra periódicamente la válvula pilórica como reacción a la ausencia de una «geometría y una teología adecuadas» en el mundo moderno.

 

No sé si utilizar el término comedia (aunque comedia es), pues el hacerlo implicaría que se trata simplemente de un libro divertido, y esta novela es muchísimo más. Decir que es una gran farsa estruendosa de dimensiones falstaffianas sería una descripción más exacta, se aproximaría mucho más al término commedia.

 

También es triste. Y uno nunca sabe exactamente de dónde viene la tristeza, si de la tragedia que hay en el corazón de las grandes cóleras gaseosas y las lunáticas aventuras de Ignatius, o de la tragedia que rodea al propio libro.

 

La tragedia del libro es la tragedia del autor: su suicidio en 1969, a los treinta y dos años. Y otra tragedia es la posible gran obra que con su muerte se nos ha negado.

Es una verdadera lástima que John Kennedy Toole ya no esté entre nosotros, escribiendo. Pero nada podemos hacer, salvo procurar que al fin esta tragicomedia humana, tumultuosa y gargantuesca, pueda llegar a un mundo de lectores.

 

WALKER PERCY

 

 

 

La historia principal cuenta la historia de Ignatius Reilly, un gordo odioso y muy inteligente que vive con su madre en Nueva Orleans. Ignatius se pasa el día viendo la tele, tocando el laúd, yendo al cine a ver películas de la época (y criticarlas en voz MUY alta), escribiendo en cuadernillos una soflama contra la sociedad moderna y en general tocándose los huevos, muy a menudo literalmente. Debido a un accidente de coche en el que su madre  destroza una balaustrada, Ignatius debe buscar un trabajo. Su primer empleo es como administrativo en las oficinas de la ruinosa empresa Levy Pants (no, no es muy sutil), junto al depresivo señor Gonzalez y la señorita Trixie, una octogenaria con demencia senil a la que la mujer del dueño de la compañía no deja jubilarse. Veamos cuál es la forma de Ignatius de lidiar con el exceso de material pendiente de archivar:

 

[…]rodeó, de puntillas, con mucho cuidado, el cuerpecillo inerte de la señorita Trixie y volvió al departamento de archivos, cogió todo el material amontonado para archivar y lo tiró a la papelera.

 

El señor González está encantado con él:

 

Era como cuatro trabajadores en uno. En las manos competentes del señor Reilly, los papeles a archivar parecían desaparecer.

 

 

Alrededor de las aventuras de Ignatius (que siguen, y siguen, y siguen…), se va tejiendo un disparatado microcosmos con otros personajes del Barrio Francés de Nueva Orleans (el incompetente patrullero Angelo Mancuso, Darlene, una chica cuyo concepto de progresar en la vida es pasar de “chica que lía a los clientes para que beban más” a “bailarina de strip-tease”, la madre de Ignatius, y muchos más).

Una anésdota: en Nueva Orleans hay una estatua de Ignatius, delante de donde estaba D. H. Holmes, el lugar donde Ignatius espera a su madre al principio de la novela, antes de estar a punto de ser detenido por el patrullero Mancuso por ser demasiado raro. Está modelada con la forma del actor John McConell, que interpretó a Ignatius en una versión teatral.

 

No exagero si digo que uno de los mejores recuerdos de mi vida es estar en una playa de Portugal, en Agosto de 2001, tras un curso especialmente jodido academica y personalmente, leyendo este libro por primera vez a los 14 años y descojonándome vivo.

 

Hay otro libro de Toole publicado, “La Biblia de neon”, que no he leído. Toole lo escribió a los 16 años y no quiso que viera la luz, por considerarlo demasiado infantil. ¿Será bueno? Algún día lo sabré.

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~ por thewalkingman en Jueves, 23 abril, 2009.

5 comentarios to “La conjura de los necios”

  1. Buena entrada. Yo sí he leído “La biblia de Neón” y es bastante inferior a “La conjura de los necios”, mucho más simple y se nota que la hizo cuando era mucho más joven (adolescente). Aún así, me resultó entretenida y tiene toques graciosos (y críticos con la religión).

    Saludos!!!

  2. También es uno de mis libros favoritos. Lo he leído unas cuantas veces, tanto en castellano como en inglés. En general prefiero leer las versiones originales de los libros, si puedo; pero en este caso, creo que la traducción española (la que tiene la introducción que has copiado) está muy bien.

  3. yo de saramago, lei algo, no recuerdo el que, y no se si me gusto…asi q no puedo decir mucho…

    where are you dude?? hace que no se de ti siglos…ya no te conectas…no me quieres….lloro en la soledad….

  4. Hola, llegué aca googleando a uno de mis libros de cabecera (claramente la conjura de los necios), creo que pocas veces alguien se ganó mi aprecio tan rapido con kennedy toole en las primeras 20 páginas de este libro; algo muy loco me sucede con la señorita Trixie, personaje totalmente entrañable a mi consideración. Que bueno que alguien lo valore tanto como yo. Libro que le he hehco leer a todas les personas que quiero y que concidero lo suficientemente inteligentes como para poder sacarle provecho.

  5. Hola, La conjura también es también para mí una pieza única. Leo los párrafos que has extraído del libro y me muero de la risa. Es maravillos y tiene el mejor título del mundo y uno de los personajes mejor creados. De Saramago lo he leído prácticamente todo y personalmente para mí Memorial de convento es su mejor obra. También son sublimes la Caverna y la Balsa de Piedra.
    Buen verano

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