I. P. Semmelweis

Hoy voy a hablar de un hombre que realizó un descubrimiento revolucionario para su época, que ha salvado millones de vidas desde entonces y a quien muchos le debemos algo. Me refiero a Ignaz Philipp Semmelweis. Si su reacción ante ese nombre es encogerse de hombros y decir “Po’ fueno, po’ fale, po’ m’alegro”, sepa que le entiendo, yo fui como usted. Si su reacción ante ese nombre es encogerse de hombros y decir “Estamous trabajaondu en ellu” con ridículo acento tejano siendo ud. de Valladolid, váyase a jugar al pádel, ande. Si su reacción ante ese nombre es encogerse de hombros y decir “Po’ fueno, po’ fale, po’ m’alegro” y acto seguido masturbarse compulsivamente viendo porno japonés, no se acerque a mí ni a mis hijos (si los tuviere).

Semmelweis nació en Hungría en 1818 y estudió medicina en la universidad. En el hospital donde se ganaba los garbanzos (o su equivalente austriaco, la Kartoffelsalat), descubrió que varios de sus colegas atendían a las parturientas sin lavarse las manos, y, más a menudo de lo que sería preferible, después de trabajar con cadáveres. Toda vez que estos doctores atendían a una mujer, las posibilidades de que esta muriera ascendían escandalosamente, muy a menudo con fiebre y envenenamiento de la sangre. Semmelweis dedujo que había una relación entre estas dos situaciones y pidió a sus colegas que se lavaran las manas con una solución química entre una y cosa y otra. Aunque sus ideas resultaron ser ciertas, la comunidad científica pasó de él. Años después fue nombrado director de su hospital, logrando que las fiebres perpuerales contra las que tanto había luchado desaparecieran. Sin embargo, el hecho de que presentara sus ideas de una forma muy agresiva no ayudó y su prestigio en la comunidad decayó. Un tiempo después desarrolló algún tipo de demencia y empezó a actuar de forma extraña. El clímax de esta situación llegó en 1865, cuando entró en un aula llena de estudiantes de anatomía y realizó un corte a un cadáver, para luego abrirse una herida con el mismo bisturí. Murió tres semanas después, por la misma causa contra la que llevaba años luchando. Desconozco si tenía hijos, pero es lo único que podría impedir (amén de que no estaba en sus cabales) que este hombre ganara un premio Darwin.

Quede pues para la posteridad la historia de un hombre cuyo descubrimiento salvó (y a dia de hoy sigue salvando) millones de vidas y acabó de una forma espectacularmente chorra.

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~ por thewalkingman en Jueves, 14 mayo, 2009.

Una respuesta to “I. P. Semmelweis”

  1. Habrá que reconocer, no obstante, que el del “ponno” japonés, sí que parece que se alegró al saber del nombre de Semmelweis.

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